01/10/2016

emepeá – De tradición a tradición

Con técnica y sensibilidad, Horacio Lavandera logra retratos magistrales de Piazzolla y Saluzzi

Las vetustas definiciones de “académico” y “popular”, entonces, ya no constituyen un juicio en sí, prácticamente no se distinguen entre ellas.  Sin embargo, no todo es lo mismo y debajo de lo que suena siguen conmoviéndose las tradiciones, que distinguen a las músicas y sus prácticas, pero no las separan. Mucho menos las juzgan. Cada tradición musical tiene sus códigos, elaborados en el tiempo, que terminan de definirse en la esponjosa superficie de lo estético.

Mucha es la música y muchos los músicos que dan cuenta de esta realidad. Horacio Lavandera es uno de ellos. Por el rigor histórico con que enfoca cada pieza de su ecléctico repertorio y la eficiencia técnica con que lo pone en acto, Lavandera es uno de los músicos sobresalientes de estos tiempos. Discípulo dilecto de Karlheinz Stockhausen, colaborador de Pierre Boulez, alumno de Maurizio Pollini y de Charles Rosen, entre otros, la tradición de Lavandera es la de la música escrita. Sin embargo, avidez y curiosidad lo llevaron a encontrar valores estéticos interesantes y sensibilidad común en otras tradiciones, que sabe hacer propias.

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Atento a los tiempos que le toca vivir y escuchar, Horacio Lavandera ha publicado recientemente dos discos sorprendentes, que tienen que ver con cruces de tradiciones. Se trata de dos monografías sobre dos de los compositores argentinos importantes de estos tiempos: Astor Piazzolla y Dino Saluzzi, figuras emblemáticas en eso de la  proyección de músicas de una tradición a otra.

Hechas de cruces, retroalimentaciones, préstamos e intercambios de varias épocas y lugares, la músicas de Piazzolla y Saluzzi son, cada una a su manera y en medidas distintas, un complejo aparato de reflexiones cuya escritura se completa recién en el aquí y ahora de la interpretación.  En ese rasgo perfomático podría estar el gesto primordial –la base de su tradición, digamos– de ambos. De ahí que no resulte descabellado pensar que la música de Saluzzi es Saluzzi tocándola, del mismo que el Piazzolla compositor se completa en el Piazzolla intérprete.

Lavandera asume el riesgo de abstraer estas músicas de sus respectivos bandoneones y llevarlas a otra dimensión. El compositor se separa del intérprete. Queda su pensamiento a la deriva, hasta que el intérprete penetra sus laberintos. El virtuosismo se pone en acto ahí, en este tránsito, y Lavandera cumple su trabajo con preciosa entrega y sensibilidad.

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La memoria y sus texturas

Imágenes se llama el disco con música de Saluzzi interpretada por Lavandera, editado por el sello alemán ECM. En el conjunto de obras que integran este disco, escritas entre 1960 y 2002, una vez más el salteño apela a su memoria y trabaja sobre materiales propios, elaboraciones personales de un rico universo melódico que tiene que ver con la tradición popular. Sólo en Los recuerdos –segundo track–, se escucha retumbar una vieja zamba de Padula; y en Donde nací, la obra que cierra el disco, están acaso los ecos de un bandoneón carpero amanecido. En otras páginas, como Vals para Verenna,Claveles, Romance, Media noche y La casa 13, las texturas, la articulación de las frases y las progresiones armónicas que enuncian la forma se ciñen a una escritura pianística clásica, que también sabe servirse de sugestivas resonancias y silencios.

Como siempre en Saluzzi, los paisajes suenan abiertos y en su sonido late la expectativa de que pueda irrumpir lo inesperado. Es ahí cuando el aura melancólica se rompe para enseguida buscar otra memoria y recomponerse.

Foto: Margarita Solé/ Ministerio de Cultura de la Nación

Lo que vino

En Horacio Lavandera Plays Astor Piazzolla, el pianista toma como referencia la música que el bandoneonista escribió para su quinteto. Ahí encuentra, con razón, la síntesis de su estilo. Adiós Nonino, la Serie del ángel y las Cuatro estaciones porteñas, son momentos centrales del disco que se completa con Libertango y Lo que vendrá. Es acaso el repertorio más transitado de Piazzolla; y por eso mismo el más peligroso. Lavandera lo devora con una ejecución superlativa.

La música de Piazzolla es de una construcción precisa y rica en detalles. Se balancea entre distintas capas de contrapuntos rítmicos y melódicos que ordenan la variedad de texturas sobre las que despliega formas de dramatismo. El meticuloso trabajo de transcripción de Lavandera se completa en la ejecución, tan atenta a los yeites del género cuanto a las particularidades de la música. Desde la articulación hasta el manejo expresivo, el pianista se mueve con gracia, logra un equilibrio formidable que no sucumbe a las tentaciones que una música hecha de contrastes emotivos propone.

Dos discos y un vértice posible para un pensamiento musical que en su multiplicidad representa una tradición propiamente argentina: Piazzolla y Saluzzi, sin dejar de ser ellos mismos, en las manos y la sensibilidad de un intérprete excepcional.

De tradición a tradición